Información adicional
| Peso | 0,300 kg |
|---|---|
| Dimensiones | 25 × 15 × 2 cm |
$ 18.000,00
En uno de los muchos reportajes que debió contestar, William Faulkner confesó que sus primeros trazos literarios fueron poemas, tempranamente advirtió que él no era poeta y en consecuencia transitó por el género cuento, cuando decidió que tampoco era cuentista, afrontó la novela. Gracias a títulos que ya integran la gran literatura del siglo XX, obtuvo el premio Nobel y es reconocido en el mundo entero. A veces se me ocurre pensar que, pese a tantos merecidos galardones, continuaba añorando aquellos versos que abandonara en sus primeros años, a orillas del Mississippi. A muchos kilómetros de allí y junto a otra orilla, en este caso la del Paraná, encontramos a un escritor que sin proponérselo y con toda humildad recorrió el mismo camino de Faulkner, aunque en sentido contrario.
Jorge Luis Sagrera llegó a mi casa una tarde, no recuerdo si de verano o de invierno, hace muchos años. Dijo que era de San Pedro y que quería trabajar conmigo algunos cuentos que había escrito. Lo recuerdo tímido, dueño de una especial ironía y de muy pocas palabras, pero esto apenas son rasgos, lo que sí recuerdo claramente fue el cuento que me dio a leer a modo de presentación: descubrí con alegría que estaba ante un formidable escritor en ciernes. A partir de ese día nos encontrábamos quincenalmente, él venía de San Pedro, a veces traía consigo una deliciosa ensaimada, que dejaba a un costado de la mesa como prenda de sabrosa amistad, y ahí nomás nos abocábamos al cuento que estábamos trabajando.
Hombre de profunda fe, no entendía, no aceptaba, me arriesgo a decir, mi inexplicable agnosticismo, por lo que convencido de que la fe mueve montañas, invariablemente olvidaba sobre la mesa alguna estampita de la Virgen que yo, también variablemente, le devolvía en nuestro siguiente encuentro. Aquellos cuentos que trabajamos entre ensaimadas y vírgenes fueron obteniendo distinciones en diferentes certámenes hasta que finalmente completaron un libro, El ojo del ciclón, que como no podía ser de otro modo consiguió un premio en el Fondo Nacional de las Artes. Los galardones, me apresuro a aclararlo, no fueron fruto de ningún milagro sino de la enorme capacidad narrativa de Sagrera, acerca de la que escribí en la contratapa del libro: «sin ripios, por medio de una escritura ajena a los golpes bajos y a los lugares comunes, pone del revés a la locura, al amor y a la muerte». Sagrera había demostrado su condición de cuentista, era tiempo de transitar el territorio de la novela. En esta ocasión abrevó de su propia fe cristiana y consiguió una historia realmente inquietante: El talón de Esaú se llama esa novela que un jurado del Fondo Nacional de las Artes, compuesto por Mario Goloboff, Osvaldo Gallone y Eduardo Gudiño Kieffer, le otorgó por unanimidad el Primer Premio. El talón de Esaú, sostuvo Goloboff, «confirma lo que El ojo del ciclón anunciaba: la aparición de un narrador nato, dotado de un registro propio e intransferible».
Ciertamente, Jorge Luis Sagrera no deja de sorprender y acaso para cerrar un círculo iniciado con los cuentos y novelas acaba de entrar de lleno en la poesía: los versos reunidos en Poemas para Loli Dostoievski son la mejor prueba de ello. Elige para el caso una de las formas más clásicas de la lírica: el amor entre un hombre y una mujer, una constante que incluso encontraremos en la poesía épica: las estrofas de la Ilíada cuentan la imponente guerra de Troya que, como sabemos, se gestó a partir del instante en que Paris rapta a la bella Helena y el irritado Menelao decide rescatarla. También la Odisea habla de amores inflexibles: Penélope aguardando pacientemente el retorno de Ulises. Virgilio ayudará a que Dante llegue por fin al Paraíso para encontrarse con Beatrice. Desde los comienzos de la literatura hasta nuestros días las historias de amores, correspondidos o no, se repiten sin cesar: las encontramos en baladas anónimas e incluso en el Antiguo Testamento, en «Cantar de los Cantares», en esos versos incomparables que Salomón dedicó a su amada Sudamita, «Hay miel y leche bajo tu lengua», acaso el más bello poema de amor de todos los tiempos.
Entiendo que la poesía representa la cota más alta en el arte de la escritura, se me ocurre que sólo se la puede emparentar con la música. No soy poeta, ni siquiera en los momentos más alegres o más tristes de mi vida se me ocurrió escribir un poema, por consiguiente, soy incapaz de juzgar a la poesía, cuando la leo me limito a recurrir al mero sentido del gusto. Confieso que hice una lectura prejuiciosa de Poemas para Loli Dostoievski, conocía a Sagrera como cuentista y supuse que me iba a encontrar con un narrador que forjaba versos. No encontré nada de eso y me sorprendí por el modo con que ha sabido articular la historia de Loli, en donde Camus, Rilke, Rulfo, Unamuno y Cortázar se mezclan naturalmente con Armando Manzanero, el Indio Solari, Elvis Presley, John Lennon y Silvio Rodríguez. No se trata de un combinado caprichoso sino de un inteligente modo de señalar una época. Sagrera arriesga y sin vacilar rompe formas: va de la onomatopeya a la lírica y se atreve a unir sus versos con explicativas notas al pie que mágicamente se integran a la belleza del texto.
Reitero, a la hora de juzgar poesía recurro al sentido del gusto, huelga decir que me gustaron los versos de Jorge Luis Sagrera, del mismo modo que me gustan los de Alfonsina Storni, Oliverio Girondo, Leopoldo Marechal, Jorge Luis Borges, Juan Gelman, para sólo mentar algunos grandes poetas argentinos y para que quede claro que, después de todo, no tengo un mal sentido del gusto.
Vicente Battista
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